¡Salvado del pantano!

En el norte de Alemania hay un pantano cenagoso que se encuentra en una meseta. A cualquiera persona que no conozca el terreno, parece ser únicamente una linda laguna de agua detenida, circundada por helechos y arbustos. Sin embargo, para un joven que se llamaba Gregorio era una laguna sumamente peligrosa que esperaba, lista para tragarse a los descuidados. Gregorio era biólogo y ocupaba mucho de su tiempo en estudiar la vida de las plantas y los animales.

Un día él fue al pantano con un amigo para examinar los helechos y las flores que allí se encontraban. Pasaron varias horas mientras los jóvenes exploraron el lugar cuidadosamente, inspeccionando todas las plantas y al mismo tiempo registrando sus observaciones. Sin pensar en el peligro, Gregorio se fue acercando mucho a la orilla del agua. Tendió la mano para tomar una flor nueva cuando de repente se resbaló y cayó dentro del agua. En verdad cayó en lo que parecía ser barro cubierto de un poquito de agua, pero al tratar de sacar su pie, se hundía y el barro le tiraba de las piernas. En unos segundos el barro le llegaba a las rodillas, y con espanto él se dio cuenta de que no era una laguna ordinaria, sino un pantano de ese barro cenagoso que agarra cualquier objeto que le cae encima, y luego lo traga a sus lóbregas profundidades como lo haría un horrible monstruo. Asiéndose de las ramas de un árbol que se extendía sobre el pantano, Gregorio trató de levantarse del lodo pero fue imposible, pues ya llegaba hasta la cintura y él se sentía tirado lentamente hacia abajo. Sus gritos angustiados llamaron la atención a su compañero, quien le lanzó un cordel, amarrando el otro extremo a un árbol. Empezó a jalar. ¡El necesitaba todas sus fuerzas para levantar al amigo aun unos centímetros! Lentamente, poco a poco, empezó a subir hasta que por fin, con un esfuerzo sobrenatural, alcanzó a sacarle, y de un tirón Gregorio se arrojó a una roca cercana. ¡Qué firmeza! ¡Cuán distinta del barro cenagoso que casi le había tragado!

Mientras Gregorio contemplaba el pantano, le vino a la memoria un versículo que había aprendido en la escuela dominical: Me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre la peña, y enderezó mis pasos. Salmo 40.2 Muchas veces el joven había oído cómo él podría tener la seguridad de que todos sus pecados fueran perdonados, pero siempre lo había dejado para otra oportunidad. Acostado sobre esa roca, él se dio cuenta de que la muerte casi le había alcanzado. Se rindió al Señor, aceptándole como a su Salvador personal. A la orilla del pantano cenagoso él dijo silenciosamente: «Señor Jesús, te doy gracias porque Tú moriste por mí y ahora eres mi Salvador.» Entonces Gregorio podía decir: «Puso en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios.»

Y Ud., apreciado lector, ¿está sobre la peña, o todavía se encuentra en el lodo cenagoso del pecado? Le exhortamos a que se convierta al Señor Jesús, recibiéndole por la fe como su Salvador personal, antes que sea demasiado tarde. Entonces estará seguro colocado sobre la Roca firme que es el mismo Señor, único y suficiente Salvador.

Sobre la peña mi casa está,
Firme sobre ella se quedará.
Tempestades la podrán batir,
Pero no podrán esa casa hundir.