¡La justicia satisfecha!

Dos niños asistían juntos a la escuela, jugaban juntos, y eran íntimos compañeros hasta llegar a su mayoría. Uno de ellos, por su aplicación y rectitud, granjeó el aprecio y confianza de todos cuantos le conocían, y llegó a ocupar puestos importantes y honrosos, inclusive el de intendente de una gran ciudad. Por el contrario, su compañero , siguió el camino de la indolencia y del vicio, y en el transcurso del tiempo llegó a ser un infractor de las leyes de su país.

Un día, cuando el primero ya era juez del tribunal de crimen, fue traído delante de él su antiguo amigo acusado de una ofensa criminal. En vista de la vieja amistad que había existido entre el juez y el reo el proceso despertó gran interés en el pueblo, y el tribunal se llenó de gente deseosa de ver la actitud que adoptaría aquél.

A pesar de que las evidencias de la culpabilidad del reo eran bien claras, parecía haber entre el público una idea de que la sentencia sería meramente nominal, o que quizá el preso sería suelto con una reprensión. Cuando el juez resumió las evidencias y, se preparó a pronunciar la sentencia, reinaba un profundo silencio en todo el salón. Luego cada uno prestó oídos a sus palabras, y ¡cuál no fue el asombro de todos cuando el juez aplicó la pena más severa que dictaba la ley, a saber, un período largo de prisión o una multa fuerte! Se oyó luego un murmullo entre las gentes, que, conocedores del caso, habían creído que se mostraría clemencia especial para con el acusado.

Pero, otra sorpresa les aguardó, porque, después de pronunciar la sentencia, el juez se levantó de la tribuna, y, pasando por entre el público, llegó hasta donde se hallaba el preso, y, poniéndole la mano cariñosamente sobre el hombro, le llamó por nombre, y le dijo:

«He oído las evidencias contra Ud., las he considerado con el mayor cuidado, y he podido llegar a una sola conclusión, a saber, que Ud. es culpable. He obrado de acuerdo con la justicia y he administrado la ley fielmente cuando le impuse la pena que prescribe para esta ofensa. La justicia ya está satisfecha, y ahora, yo, su antiguo condiscípulo, compañero y amigo, estoy a su lado en este tribunal para entregar a quien le corresponda la suma total de la multa impuesta».

Luego, dirigiéndose al público allí reunido, el juez dijo: «Señores, lo que yo acabo de hacer a favor de este hombre culpable, es lo que Cristo ha hecho a favor mío. El respondió por mí, tomó mi lugar ante Dios, pagó mi deuda, y satisfizo todas las demandas de su santa y justa ley. El me ha sacado de mi prisión de pecado y me ha librado de la condenación de la ley divina, pues él mismo fue condenado en lugar mío».

Este hermoso incidente sirve de ejemplo para enseñarnos cuál es la actitud de Dios para con el hombre pecador. El apóstol, San Pablo dice: «Todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles, no hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno … no hay diferencia, por cuanto todos pecaron». (Carta a los Romanos, cap 3: versículos 12 y 23).

De manera que cada hombre y cada mujer, por más moral, honrado, o religioso que sea, es un trasgresor de la ley divina. Y la ley de Dios impone castigo sobre el infractor, y este castigo es la muerte eterna.

Pero, ¡he aquí una noticia maravillosa! Dios ama al pecador y no quiere que perezca, y a fin de salvarle de la condenación, él en la Persona de Cristo, su amado Hijo, descendió del cielo y en la cruz sufrió la pena de muerte en lugar del pecador culpable. Dice el apóstol San Pedro: «Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (cap. 3: ver. 18). Sí, Cristo ha pagado todo a fin de darnos el perdón y librarnos de la condenación. Lo que hizo aquel juez cuando dictó sentencia sobre el reo y luego satisfizo él mismo las demandas de la ley ultrajada, es lo que Dios ha hecho de una manera más amplia maravillosa para ampararte a ti.

Aquel criminal no tenía que hacer nada para salvarse de su condena; su amigo hizo todo a su favor. Y tú, amigo, pecador culpable ante Dios, nada puedes hacer para salvarte de la condenación eterna. Pero, Cristo ha hecho todo en tu favor, y tú sólo tienes que creerlo de corazón y aceptar los beneficios que su sacrificio te proporciona, a saber, el perdón, la vida eterna, y un lugar junto a él en la patria celestial.

«El que en El cree, no es condenado, mas el que no cree, ya es condenado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios» (véase San Juan, cap. 3: versículos 16 y 18). ? G. M. Airth