La Biblia de los amotinados

El capitán del barco de velas estaba parado en la cubierta cerca del palo de trinquete con sus manos amarradas y su cara demudada por una furia incontenible. «¡Les veré ahorcados a todos!» gritaba a los insurrectos que le rodeaban.
«¡Ahora soy yo el capitán de este barco,!» le contestó el primer piloto, «y no aguantaré más de su maltrato.»
Era el año 1790. El barco había zarpado de Inglaterra unos meses antes, y ahora se encontraba en el Pacífico, cerca de las Islas Polinesias. El capitán era un hombre cruel, descorazonado, que había golpeado y atormentado a los marineros sin misericordia; había escupido en ellos, y casi les había hecho morir de hambre.
Por fin estalló el motín. Rápidamente bajaron un bote salvavidas y el excapitán fue despachado junto con unos pocos de sus cómplices y una cantidad de provisiones. Parece increíble, pero en ese pequeño bote ellos navegaron hasta la isla holandesa de Timor, donde pudieron tomar un barco que les llevó a Batavia para luego seguir su viaje a Inglaterra. Los amotinados, temiendo la venganza del capitán si éste lograra sobrevivir, buscaron hasta encontrar una isla apartada de las demás, semiescondida e inhabitada.
Al largar las anclas en una pequeña bahía de la isla de Pitcairn, el nuevo capitán se dirigió a sus compañeros: «Me parece que esta isla es ideal para nuestras necesidades. Tiene de todo: agua, alimentos, buena tierra. Es un lugar de paz. ¡Dios nos ayude a mantenerlo así!» Desembarcaron junto con unas polinesias que habían tomado en otra isla, y formaron una pequeña colonia. Para evitar cualquiera sospecha que la isla fuera habitada, ellos encallaron el barco en un banco de arena y lo quemaron.
Por dieciocho años nada se supo de ellos, hasta que un día otro barco, de bandera norteamericana que había pasado por el Cabo de Hornos, los descubrió. Todos los insurrectos menos uno habían muerto ya, pero los hijos de éstos todavía habitaban la isla. No habría sido sorprendente si todo el grupo hubiera sido encontrado en una condición de degeneración, habiendo pasado ese tiempo sin ninguna influencia cultural, y conocedores solamente de las costumbres de hombres habituados a los rigores de la vida marítima de aquel entonces.
Pero no fue así. Llevaban vidas felices, eran amables y habían establecido un gobierno que funcionaba para bien de la colonia. Algunos daban evidencias de haber creído en el Señor Jesús, y trataban de llevar vidas agradables a Él. Podríamos preguntar cómo se entiende esta condición feliz, tomando en cuenta el principio tan desfavorable.
Resulta que después de establecerse en su colonia, uno de los amotinados descubrió un tesoro entre su equipaje. Era una Biblia, y no solamente él empezó a leerla, sino que otros también se interesaron por conocer su mensaje precioso. Fue ese bendito libro que les cambió y les hizo vivir en paz. En una de las estampillas postales emitidas en esa isla se ve un cuadro de esa misma Biblia, tributo que hacen los isleños al libro que es sobre todo otro.
Esta es una ilustración de lo que la Biblia puede hacer, y nos recuerda lo que está escrito en Romanos 1.16: que la Palabra de Dios es poder para salvación a todo aquel que cree. Todos sabemos que hemos pecado; todos, al reflexionar, tememos el juicio de Dios, pero la Biblia nos trae un remedio, un remedio preparado por Dios mismo. Él en su gran amor entregó a su único Hijo para librarnos del pecado y sus temibles consecuencias, la ira de Dios. Cristo fue muerto por nuestros pecados; nuestro castigo cayó sobre Él, y ahora Dios nos dice que por su Hijo podemos ser perdonados.
Este mensaje cambió la vida de la gente de Isla Pitcairn, y a ti también te puede hacer vivir en paz, salvado por el amor de Aquel que quiere ser tu mejor amigo.

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
Mateo 11:28