El corderito necio

Habíamos llegado al río Awash, que quedaba al sur de la ciudad de Addis Ababa, en el país de Etiopía. Arribamos cerca de las 10:00 de la mañana e inmediatamente levantamos nuestras carpas de campaña. Esto estuvo bueno porque los cielos se cubrían con negras nubes. Dentro de un rato la lluvia comenzó a caer a torrentes. Cuando llueve en África, lo hace con ganas, y ese día la lluvia duró más tiempo que el acostumbrado.
Al frente nuestro, había un arroyo que desembocaba en el río Awash. Al llegar, vimos que era un arroyo tranquilo con el agua suficiente para hacernos saber qué dirección corría. Cuando el agua caída alcanzó aquel arroyo, este tomó nuevas fuerzas y se transformó en algo con vida. Creció en poder y aumentó su caudal de tal manera que llegó a ser algo temible.
Al tiempo que la lluvia comenzó, un pastor con un rebaño de ovejas vino al riachuelo y los animales no tuvieron dificultad en cruzarlo. El ruido del trueno y el susurro de la lluvia hicieron apresurar el paso del rebaño y cruzaron sin problema.
Un corderito estaba tan encantado con los verdes pastos del otro lado, que llegó a distanciarse del rebaño. Comía pasto tranquilamente y fue así que no estaba con las otras ovejas cuando cruzaron. En el apuro del momento, el pastor no notó su ausencia. Cuando comenzó la tormenta con toda su furia, el corderito corrió a buscar refugio, no sabiendo que ya habían cruzado al otro lado. Dejó de llover y el corderito comenzó a investigar. Pronto se dio cuenta que estaba aislado por el lado opuesto en el cual estaban sus hermanos. Se afligía al verse en este gran apuro y corría por la ribera balando lastimosamente.
Poco después vino el pastor y atravesó la corriente que aún se mantenía fuerte. Él había echado de menos a su corderito y regresó a fin de llevarlo sobre sus hombros a través del arroyo. Lo único que necesitaba hacer el corderito era permitir que el pastor lo llevara en sus brazos. Pero el corderito estaba tan afligido que desconfiaba de las buenas intenciones del pastor y cada vez que él se acercaba, el pobre corderito huía de él. El pastor hizo lo mejor que pudo para tranquilizar al corderito. Finalmente sus esfuerzos fueron recompensados pues el pobre corderito, rendido por el cansancio, se entregó en sus manos y fue llevado sobre los fuertes hombros del pastor, muy arriba de las correntosas aguas.
¿Verdad que hay muchas personas como este necio y fugitivo cordero? El Buen Pastor vino a salvarlas. Ellas están en gran peligro, lejos del cuidado y la protección del Pastor, y lejos de la seguridad del redil. Jesús dijo: «Yo soy el Buen Pastor,» y es Él que las llama. Pero huyen en vez de acercarse a Él.
Mi buen amigo o amiga, cuando se deje llevar en los brazos del Buen Pastor, se dará cuenta de cuán bondadoso es. Él junta a sus corderitos en sus brazos y los lleva en su seno. Jesús es el Buen Pastor porque dio su vida por las ovejas. La dio en la cruz del Calvario para que no se perdieran eternamente.
No sea Ud como el corderito necio en Etiopía que huyó del pastor cuando quiso librarle de su gran apuro. Acérquese al Señor Jesús, acéptele como su Salvador, y Él le llevará a través de las corrientes peligrosas de la vida; le llevará en su seno hasta la seguridad y la felicidad del cielo. Allí el Buen Pastor se encarga del bienestar de sus corderitos por toda la eternidad. Todo esto puede ser suyo por la fe en Cristo Jesús. Entréguese a Él.